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Más que palabras

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Esther Esteban (OTR/PRESS). Fue sólo una catástrofe que duró exactamente 19 minutos. Se encendieron todas las alarmas y se transformó en una prueba de fuego, de la que los medios de comunicación y los periodistas debemos sacar consecuencias. Es cierto que Twitter consiguió crear una auténtica psicosis colectiva cuando unos turistas, en Gran Canaria, creyeron ver que un avión de pasajeros caía al mar.

El tema se extendió por las redes sociales e inmediatamente todos los medios online daban la noticia, tras una alarma lanzada por el 112 y confirmada por el aeropuerto con todo lujo de detalles: "un Boeing 737 alemán estrellado a dos minutos de la costa, incertidumbre sobre la suerte de 180 pasajeros".

La realidad, por contra, era bien distinta. Ni había avión accidentado, ni la catástrofe era tal. Lo que a lo lejos parecía un nave de pasajeros era un barco arrastrado por un remolcador a dos millas de la costa que, por un efecto óptico, parecía un avión escorado sobre el mar y una parte de la grúa aparentaba ser una de las alas.

Aunque podía haber llamado la atención que nadie lo había visto caer, ni los radares habían indicado nada extraño, la alarma creada por la desaparición del avión de Malasya Airlines hizo de efecto multiplicador.

En este caso las comprobaciones oportunas se hicieron de forma rápida y en cuestión de minutos los controladores desmintieron el accidente y enseguida Fomento y Aena hicieron los propio. Eso no evitó que los medios digitales dieran la noticia, primero como un simple urgente y luego más desarrollada lo que produjo la consiguiente alarma.

Si de muestra vale un botón, cuando saltó el suceso nos encontrábamos en un almuerzo de trabajo en Madrid, más de una veintena de periodistas -algunos de ellos reponsables de los principales medios de comunicación del país- y aquello fue una auténtica desbandada, aunque el invitado era de postín. Inicialmente la noticia era sólo un tuit pero cuando los periódicos digitales  empezaron a darla todos supusimos que la cosa tenía credibilidad, y no era una broma.

Moralejas sobre el tema puede haber muchas, pero la mejor de todas, desde una óptica de mi profesión es que hay que volver al periodismo de nuestros clásicos aunque las nuevas redes sociales nos ayuden en el trabajo. Una noticia, por pequeña que sea no puede ver la luz sin ser contrastada y la inmediatez no puede ser jamás una excusa para informar mal o, como en este caso, dar informaciones falsas. El periodismo no se aprende ni se ejerce a golpe de Twitter.

Puede ser una red social muy eficaz para la comunicación entre personas y ahí están los 500 millones de usuarios que lo acreditan, pero no puede convertirse un medio de información para los profesionales. Resulta muy preocupante que los periodistas, especialmente los jóvenes que manejan mucho mejor que nosotros las nuevas tecnologías, se refieran al Twitter como si fuera una fuente solvente de información, aunque este muy bien para olfatear por dónde va la realidad de la calle.

No es extraño ver en las tertulias de radio o televisión como los periodistas tiran de tuit para informar a los oyentes y espectadores o, simplemente, para dar credibilidad a sus tesis y eso tiene trampa y sobre todo puede llevarse por delante nuestra sagrada obligación de decir la verdad. Como, casi todo, las redes sociales tienen ventajas e inconvenientes pero quienes tenemos que saber el uso que hacemos de ellas somos nosotros y ahí sí que no valen excusas.

Somos periodistas ¡nada más pero nada menos! que nos debemos a nuestros lectores que deben ser exigentes con nosotros. ¡Como no!.

Accidente aéreo imaginario

Última actualización el Sábado 29 de Marzo de 2014 18:21